lunes, 26 de abril de 2010

"En la huella del Cacaruca", 4/11


Se reinició la marcha. Los Noguera habían aportado a la tropa un burro cargado hasta la tusa, cuya carga develaba de que sin duda alguna íbamos bien preparados. Cuán grande sería mi sorpresa cuando me percato de que la niña que debe haber sido un pelín mayor que yo comenzó a caminar al lado de las bestias. No sólo yo me había percatado de la situación, sino que el Tata puso el grito en el cielo, que cómo la niña Diamantina se iba a ir de a pie. Don Manuel argumentaba que no había monta pa´ los guainas y las mocosas, que agradecieran que los había dejado venir y que por lo demás estaban acostumbradas a salir al cerro a arrear el ganado cuando escaseaba el pasto en el verano. Mi abuelo frunció el ceño, mal presagio pensé, conociendo la personalidad de mi abuelo. 

El Tata paró la tropa en seco y gruñendo como buen maño tozudo le ordenó al Carlucho que me terciaran la niña al anca. Así fue como en un santiamén tenía a la “Noguerita” cruzándome sus tibios brazos por la cintura. No faltó la talla; de atrás se escuchó “meii este si que es huaso bien aperado con su china al anca!” Lo de bien aperado me halagaba, pues yo no había dejado mi pinta al azar; llevaba puestos unos blue jeans “Rumel” color negro, lo único que se conseguía por aquellos años, un chamanto de hilo a franjas negras rojas y verdes y un cinturón forrado en terciopelo negro bordado con unos copihues, unos caballos y un escudo patrio, del cual colgaba una falsa faja color rojo bermellón. Todo esto había sido regalo de mis viejos que lo habían adquirido en la Talabartería y suelería “El Cóndor”, ubicada en la Avenida Argentina en Valparaíso, donde yo había visto una vez expuesta una montura mexicana, que yo imaginaba era del mismísimo Red Ryder, mi historieta de cowboys favorita.
“On Luchito”, exclamó Don Manuel, podemos elegir dos caminos por El Maray o por la mina abandonada. La aguada de la mina está seca replicó el huaso Maturana, la semana pasada tuve que rastrear a un toro mañero de “On Tibu” y pasé por la mina. Yo creo que como vienen bufando las bestias, no queda otra que cortar para el Maray; allí hay agua en abundancia para saciar la sed. Los animales parecían locomotoras a vapor piteando su entrada a la estación, a esa hora del día marchábamos con el sol de frente, subiendo un empinado sendero que serpenteaba la ladera.
No faltó la mula que se empacó en plena subida, chantándose como encementada al piso. Honorio era un experto en tirarlas de la cola para volverlas a poner en movimiento, a riesgo de comerse una patada en pleno hocico, cuestión que afortunadamente no ocurrió. Yo había visto llegar a la casa a huasos pidiendo ayuda con la cabeza o con la canilla partida producto de alguna patada propinada por las bestias, estas se producían ocasionalmente cuando se efectuaba alguna trilla a yeguas. La Manina se había forjado alguna fama por su capacidad para curar de un cuanto hay, ella manejaba una provisión permanente de muestras médicas que le traía su hijo Chito médico cirujano, que sumadas a su ancestral conocimiento de las hierbas provocaban curas casi milagrosas. Yo había sido testigo, de cómo mi abuela en una ocasión suturó un corte de cuatro pulgadas a Carlitos Aros cuándo se le había pasado el hacha cortando una leña de espino, o curar a Pedrito Ahumada cuándo cosiendo un saco papero se ensartó la aguja en pleno ojo, de ahí para adelante quedo güero para siempre. La gente le tenía fe y la buscaba para sanarse.

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