miércoles, 14 de abril de 2010

"En la huella del Cacaruca", 3/11


La Tropilla de jinetes y mulas comenzó a subir por el camino principal, la mañana empezaba a despuntar y del cerro bajaba un suave aroma a maitenes y boldos, levantando la vista uno veía encandilado el perfil de los robledales por donde tendríamos que cruzar para caer al otro valle. 

Al poco andar pasamos frente a la propiedad de “Pepe Colonia” o “Pepe Frutilla” como lo apodaban los lugareños, un alemán avecindado en este recóndito rincón del planeta, que había transformado una estrecha quebrada, en un verdadero vergel. El gringo de rostro colorado, probablemente de ahí su segundo apodo, debe haber sido de los primeros en plantar paltos en el país, estos crecían frondosos y rozagantes entre los claros que se habían logrado despejar entre las piedras. Leer 3ra parte completa

Yo era a la fecha, en 1965 un pendejo que apenas me empinaba por sobre los once años. A mi lado cabalgaban: Carlucho, El Vencho, El huaso Maturana, Honorio, Pedrito Ahumada, Don Lucho Ahumada, al cual todos le envidiaban su enorme caballo blanco, don Tiburcio Pereira, Don Modesto Hidalgo, Don Pedro Rocco, el Tulula, El Chino y otros no tan famosos. Nos dirigíamos valle arriba hacia la casa de Don Manuel Noguera, donde se nos unirían otros jinetes al grupo. 

A la media hora exacta de camino, llegamos donde Don Manuel. Su casa quedaba emplazada paralela al camino. Tenía una cerca compuesta de alambres de púas en los cuales se habían entrelazado varias hileras de coligües conformando un tejido vegetal liviano y transparente. La casa era de un piso, sus muros de enquinchado, con rama de culén y la techumbre la cubría un manto tejido de teatina como los techos que había visto en Cuncumén y en el norte chico. Un grupo de higueras al lado de un parrón otorgaba la sombra necesaria para protegerse del sol, que implacable, nos dictaminaba que el día iba a estar ´”pa recagarse” de calor. 

Don Manuel se nos unió a la comitiva junto a dos de sus hijos y dos de sus hijas, Zoila y Diamantina. Una de ellas Diamantina era una morena preciosa, con un aire polinésico, como sacada de un cuadro de Gaugin. Su pelo era negro y grueso como crin de caballo, sus ojos negros profundos y brillantes como dos gordas aceitunas de Azapa. Vestía una especie de túnica blanca como, confeccionada de un saco harinero, con unos vivos azules en el escote que le cubría hasta la pantorrilla, calzaba unos zapatones negros con unos zoquetes blancos que apenas le cubrían el tobillo.

1 comentario:

  1. excelente relato, el autor nos adentra en el campo chileno, aquel que no ha sido horadado por la máquina y que mantiene el olor, color y sonidos que van muy dentro del alma de quienes hemos incursionado por parajes similares.- Felicitaciones

    Cuncumen= murmullo de agua (río Maipo)
    Olmué= parajes de los huilmos.

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